Unas fotos de Felechosa y alrededores tomadas desde el coche. ¿No estaba precioso? Parece el típico pueblo suizo en una postal de Navidad, sólo que lo tenemos aquí, al lado de casa, ¡y en pleno mes de abril! Quién iba a pensar, viendo estas fotos, que Gijón dejará de existir en unos pocos años debido al calentamiento global y al aumento vertiginoso del nivel del mar; pero bueno, si lo dice la ministra, será verdad, je, je. Además, tampoco hay que ser alarmistas: con las minisolucioneshabitacionales —otra que tal baila— caben todos en Oviedo. ¡Si es que lo tienen todo pensado!
Ascenso al puerto y, al poco, ya estaba parado el primer coche poniendo las cadenas. Yo hasta ahí iba bien, pero decidimos poner también nosotros las cadenas (bueno, mejor dicho... intentarlo, porque no fue de ésta, ni de la siguiente). Un consejo, chavales: haced caso de lo que ponen las instrucciones de las cadenas y probad un día en el garaje, y no lo esperéis a hacerlo en la nieve, con las manos empapadas y congeladas a pesar de los guantes, un frío que pela y los nervios de ver que estás haciendo un tapón al resto de vehículos. Os lo digo por experiencia. ;-)
Al llegar al puerto, tras haber conseguido —¡al fin!— poner las cadenas, la carretera de acceso a la zona alta estaba cortada. Así que se imponía un cafetín en la cafetería de Salencias, llena de monitores y los cuatro locos más que no habíamos dado la vuelta.
Al poco, abrieron la carretera y subimos a la cafetería de Cebolledo. La nevada (el polvazo), como podéis ver, de impresión. Al verlo ahora, da pena ver cuánto se quitó y cómo se estropeó la nieve con la lluvia caída del sábado para el domingo.
Lo mejor de todo: cuando ya íbamos a marchar, a eso de las doce y pico escuchamos por el walkie de los pisteros que estaban en la cafetería (no seríamos más de siete u ocho personas en total) que si el viento lo permitía iban a abrir al público a la una. Al final creo que no me dejaron sacar el forfait hasta la una y cuarto o una cosa así, por el viento. Pero, a partir de aquí... ¡a qué añadir nada! Sólo abrió la silla de cuatro, sí, y el tiempo era de perros, vale, pero es que el polvo que había caído era maravilloso. ¡Qué gozada, en concreto, la bajada a la derecha de la silla de cuatro, según subes (ésa que pone el cartel de pista cerrada). Ahí te enterrabas hasta las rodillas.
¡Menos mal que no marchamos antes de tiempo porque me hubiera dado mal! Iba con Adolfo, primo de mi mujer, y él lo dejó primero, pero yo ahí quedé solo, y sin parar a comer para no perder tiempo, hasta que ya no me dejaron subir más (¡me habían dado las cinco menos diez y no me había dado ni cuenta!).
¡Vaya dos sábados seguidos! Visibilidad prácicamente nula, relieve cero... pero una nieve fantástica. Los dos mejores días de esquí para mí de la temporada. Y es que este sábado en concreto seríamos... ¡no más de diez o doce personas! (Adolfo y yo, un padre con los tres chavales del Torrecerredo y un par de sillas más era toda la gente que se veía —bueno, se intuía— por la pista, o más bien cuando ibas en la silla, porque en la pista era difícil coincidir con nadie, casi todas las bajadas las hice sin ver a más gente que la que subía en la silla).
Cago'n diez, ¿cuándo se vio que por una ventisca de nada la gente
se quede en casa con medio metro de nieve polvo? Como dice
Juanín, un monitor de la Escuela muy majo que se
nos unió al grupo el pasado sábado, "Deporte de invierno, chavales,
el esquí es un deporte de invierno"
. :-)
Después de este día de esquí apoteósico (dicho sin ninguna ironía), bajamos a comer al aparcamiento de Salencias, tratando de guarecernos un poco de la ventisca. Para tocar un poco las narices, en ese momento (sobre las cinco y media de la tarde) le dio por abrir un poco al día (aunque, como se vio el domingo, fue sólo un espejismo durante la tarde del sábado, luego se volvió a torcer de madrugada y la mañana del domingo con una lluvia asquerosa —que, naturalmente, no impidió que esquiásemos también el domingo; al fin y al cabo, cuándo si no vamos a probar las cualidades del Gore-Tex™, je, je— ). Por último, cómo no, el cafetín de rigor en Felechosa.